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MUJER DE SOLDADO
(2020, Patricia Wiesse)

Escribe: Rogelio Llanos Q.

He visto Mujer de Soldado con mucho interés. El resultado es ampliamente satisfactorio. Creo que el encuentro de esas cuatro mujeres para compartir la cotidianeidad presente con las duras experiencias vividas constituye un magnífico testimonio de esa realidad peruana que se nutre del drama histórico, de la ternura y sencillez de sus protagonistas, pero también de sus tragedias y tristezas, así como de la presencia de un paisaje rural tan agreste como imponente.

Y es precisamente ese paisaje rural imponente, inmenso, sobre el cual se recortan las pequeñas figuras humanas que por él transitan el que permite establecer una suerte de oposición: inmenso-diminuto, hermoso-trágico, atracción-repulsión. Es esa contraposición la que también atisbamos en las relaciones humanas donde una comunidad campesina, que ahora aparenta vivir en paz, arrastra un pasado sumamente violento que ha cambiado la vida de cuatro mujeres que ahora se reúnen para pasar unas horas juntas y compartir experiencias, alimentos, juegos y su quehacer cotidiano.

Mujer de Soldado es una frase que encierra una expresión insultante que proviene de los mismos pobladores de la comunidad y que va dirigida con toda su carga machista y de desprecio hacia estas mujeres que fueron violadas por soldados en la época del terrorismo en los años ochenta. Y es esa frase la que da título al film de Patricia Wiesse, que se construye en torno a la conversación que sostiene Magda con sus tres amigas que llegan una mañana a visitarla, a solidarizarse con ella, ahora que están enfrentando un juicio que las reivindique, que ponga en claro que lo que ellas padecieron en los ochenta fueron violaciones sistemáticas por parte de soldados del ejército que llegaron al lugar para enfrentar a las hordas de Sendero Luminoso.

El planteamiento de la directora es descubrir todos los efectos que tienen lugar a propósito de la acción abusiva de las que fueron objeto la protagonista principal y sus amigas. Para ello, Patricia Wiese organiza su film en base a oposiciones. Y ello lo anuncia desde los primeros momentos del film: Magda caminando solitaria, empequeñecida por la panorámica, frente a un paisaje que para el espectador aparece bello y grandioso, pero que para ella es el recuerdo doloroso de un pasado duro y violento.

La directora revela con gran amplitud el drama vivido por Magda en dos niveles de oposición. Por un lado, contrapone el relato de su protagonista, que se da a través de los planos medios y de conjunto, al movimiento lateral de una cámara que registra rostros y personas, y voces que la condenan y censuran de manera cruel e insensible. Sin duda, esa condena es la más dolorosa, en tanto significa aislamiento y supervivencia alejada de una comunidad en la cual el prejuicio y el machismo forman parte de una idiosincrasia fuertemente enraizada.

De otro lado, la narración de Magda y la de sus tres amigas, que se da en el plano visual enfrenta las voces en off del juicio que se está llevando a cabo y en el cual los soldados niegan tajantemente haber cometido abuso alguno. Estas declaraciones, así como aquellos planos en los que se observan algunas consignas o signos de la presencia pasada de los soldados en los predios de la comunidad, permiten a la directora recordarnos aquellos años de violencia terrorista y de violencia de un estado que nunca llegó a comprender la realidad allí vivida. La comunidad, con todas sus carencias y su pobreza, sigue siendo una suerte de testimonio del olvido y de la indiferencia. Fue en el pasado un paraje por el cual pasaron dos grupos armados, cual ejércitos de ocupación con toda su carga de violencia y destrucción. Hoy en día, aun cuando no se termina de olvidar ese período oscuro de nuestra historia, quizás, empiezan a incubarse las causas de otro nuevo conflicto.

Las imágenes de Patricia Wiesse son lo suficientemente elocuentes. Esta dinámica del film, que se sustenta en oposiciones, se mantiene de principio a fin y es el elemento impulsor de las imágenes que encuentran así su pleno significado. No hay lugar para el olvido, parece decirnos la cineasta.

Y para ello no hay necesidad de acudir al panfleto. Por el contrario, el encuentro de Magda y sus amigas combina el intercambio de historias trágicas con su quehacer habitual y sus juegos infantiles. La mirada de la directora, que la atisbamos en esta singular dialéctica de las imágenes, es respetuosa, solidaria, cariñosa. En una primera visión del film encontré que las fotografías de soldados que aparecen hacia el final del film lo desequilibraban, más aún con sus consignas y cantos en la banda sonora.

Sin embargo, en una segunda visión, encontré su razón de ser. Esas imágenes fijas eran, precisamente, lo opuesto a la representación de las cuatro mujeres. Ellas, con su atuendo sencillo, típico, multicolor, se encuentran en plena concordancia con el paisaje en el que viven y transitan. En ellas, a pesar, de las penurias pasadas, hay vida, calor humano, ternura, paz e incluso ilusión: esperan ganar el juicio que es la restitución de su honor y de su tranquilidad. La banda sonora a cargo de Daniel Willis, arropa de manera certera las acciones de las protagonistas, cuyo canto, entre el gozo y la melancolía es totalmente contrapuesto a las voces guerreras de unos soldados cuyo atuendo con el arma infaltable y sus broncos sonidos rompen la armonía del bello y silencioso paisaje campestre.

El ritmo del film es lento y sintético. Los planos largos se suceden unos a otros y componen un mosaico consistente donde las piezas están sólidamente constituidas. Este mosaico articula con precisión la información referente a la vida de sus protagonistas. La cámara se detiene en cada detalle de lo que ocurre con ellas. Las mira con cierta distancia, casi con pudor, pero no teme acudir al primer plano para remarcar gestos y actitudes. El film se presenta como un documental, pero inevitablemente acude a la ficción, entendida ésta como representación dramática de una actualidad que rememora lo sucedido a mediados de los años ochenta. Al mismo tiempo, es necesario tener en consideración que los personajes que estamos viendo en escena se están representando a sí mismos. Se han dado cita en ese lugar porque hay una cámara que va a registrar lo que dicen, hablan piensan y comunican. Han vivido un pasado muy cruel y cuyas duras consecuencias aún continúan golpeando sus vidas y las de muchas otras mujeres que, como ellas fueron abusadas por los soldados en medio del infierno desatado en el combate al terrorismo. En tal sentido, Mujer de Soldado es a la vez un film reflexivo y muy sentido, a la vez que testimonial.

Las cuatro mujeres hablan con mucha soltura y espontaneidad acerca de todo lo acontecido, combinando sus relatos con las labores diarias y sus muestras de afecto y solidaridad. Ellas se mueven con autenticidad en ese espacio geográfico en el cual han crecido, pero dicho espacio se convierte en un espacio dramático cuando la cámara se sitúa ante ellas y organiza la planificación de las escenas a efectos de viabilizar de manera eficaz el mensaje. En todo caso, podemos afirmar que en Mujer de Soldado, hay un encuentro natural y feliz de la ficción con el documental. Tal sería también un logro más de este film valioso.

Echo de menos, al comienzo del film, una identificación o punto de referencia: una frase que indique el lugar donde ocurre la acción, pero que al mismo tiempo señale que no sólo fue allí donde tuvieron lugar los hechos que se mencionan en el film. Creo que era necesario indicar desde el arranque que las abominables prácticas llevadas a cabo por los soldados de un ejército de ocupación (contrario a todo lo que se podría esperar de una organización militar al servicio de la sociedad) no fueron actos aislados ni de seres extraordinariamente malvados.

Por el contrario, es absolutamente necesario señalar que, como en Manta, hubo muchos otros lugares donde esta triste historia fatalmente se repitió y fue ejecutada por hombres comunes y corrientes, pero sometidos a una situación extrema propia de una guerra producto de la insensatez de un orden social injusto y deleznable. Y es que lo que ocurrió en Manta y en otros lugares donde se vivió el conflicto de los ochenta, puede volverse a dar en cualquiera de los muchos apartados de estos olvidados rincones de un país en el que aún no encuentra una luz en su horizonte.

Lejos de todo manierismo, las imágenes del film de Patricia Wiesse se caracterizan por su serenidad. Los movimientos de cámara están bien dosificados y no interfieren, en manera alguna, en la visión del universo abordado por el film. Como ya lo hemos afirmado líneas arriba, este acercamiento dista mucho, sin embargo, de cualquier asomo de neutralidad. Su intento de testimoniar el drama de las mujeres abusadas durante la guerra contra el terrorismo no sólo es logrado a plenitud sino que, además, constituye todo un alegato contra la condición de sometimiento de las mujeres en un país en donde aún, lamentablemente, habitan la exclusión, la marginalidad y el racismo.

Lima, 12 de enero de 2021

Mujer de Soldado (Soldier's Woman)(2020, Patricia Wiesse)

Film Festival Human Rights Watch

Film description: Magda Surichaqui Cóndor was a teenager when soldiers arrived in her small Peruvian village in 1984. Sent to root out members of the Shining Path, soldiers of the Peruvian army used their sweeping powers to rape and humiliate local women, leaving them shunned by their own communities, often with children in tow. Three decades later, Magda has joined a number of other women in bringing charges against their abusers. With stunning cinematography and respectful intimacy, Patricia Wiesse Risso accompanies Magda and her friends as they reminisce over their youth and their lives since, whilst they sit and chew coca leaves, peeling potatoes and spinning wool. Mujer de Soldado is a deeply moving picture of female solidarity that finally provides space for the dignity of these women's experiences that has long been denied.

“Mujer de Soldado centres the stories of the women who have been silenced for a long time and who continue to be marginalised within their communities and in Peru as a whole.” Jose Miguel Vivanco, Director, Americas Division, Human Rights Watch

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"Mujer de soldado", el documental sobre las mujeres violadas por militares durante el conflicto armado en Perú

Pierina Pighi Bel
BBC News Mundo
12 marzo 2021

En el documental, Magda Surichaqui regresa a Manta, el pueblo en el que ella y sus amigas sufrieron violaciones sexuales.

Un soldado fue a buscar a Magda Surichaqui a su casa, una noche de noviembre de 1984, para decirle que debía ir a la base militar del pueblo, Manta, Huancavelica, en la sierra central de Perú, para que diera una declaración.

En el camino a la base militar, el soldado derribó a Surichaqui y la violó. Luego "el soldado le pidió que fuera su pareja y ella aceptó por miedo".

Este es el inicio del documental "Mujer de soldado", dirigido por la peruana Patricia Wiesse Risso y que en marzo se presentará en la edición digital del Festival de Cine de Human Rights Watch, en Reino Unido.

En la época en la que Magda, la protagonista de la cinta, sufre la violación, el país estaba inmerso en el conflicto interno que el grupo armado Sendero Luminoso (SL) había desatado contra el Estado en 1980 para tomar el poder.

El enfrentamiento pudo haber dejado alrededor de 69.000 muertos, según el informe final de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación (CVR) de Perú.

En el documental, Surichaqui se reencuentra en Manta con tres amigas que también sufrieron agresiones similares a las de ella en ese mismo pueblo.

Estas mujeres son solo cuatro de las miles de peruanas que se estima que sufrieron violaciones durante el conflicto armado (1980-2000).

El Registro Único de Víctimas de la Violencia (RUV) de Perú reconocía hasta diciembre de 2020 a 4.751 víctimas de violaciones y a 83 de otras formas de violencia sexual en todo el país, durante este periodo.

En todo el conflicto, Sendero Luminoso llegó a acumular "hasta el 53,68% de los muertos y desaparecidos reportados a la CVR" y se convirtió "en el primer perpetrador" de la violencia, según el informe de la CVR.

Pero "alrededor del 83% de los actos de violación sexual son imputables al Estado y aproximadamente un 11% corresponden a los grupos subversivos (Sendero Luminoso y el MRTA)", dice el informe final de la CVR.

Hasta el momento, solo 13 miembros retirados del Ejército, acusados por nueve mujeres de Huancavelica, están siendo enjuiciados por estos delitos (11 como autores directos y dos como autores mediatos), ocurridos entre 1984 y 1995.

El juicio empezó en marzo de 2019, cuando el Poder Judicial de Perú declaró estas violaciones como delitos de lesa humanidad, lo cual impide que prescriban, explicó Juan José Quispe, abogado de seis de las demandantes, a BBC Mundo.

BBC Mundo habló con Patricia Wiesse, la directora del documental, sobre las historias de estas mujeres, sobre cómo el pueblo y sus familias las estigmatizaron y sobre por qué sus casos no parecen despertar mucha indignación en la sociedad.

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